Emma Ribas señala que todavía persisten unos mitos relacionados con la pareja que potencian esta dependencia. “A nivel de imaginario colectivo todavía se sueña con encontrar el alma gemela o la media naranja, como quiera llamársele. O la idea del amor incondicional y de que el amor es sacrificio… En el fondo todo son miedos.

AMOR O DEPENDENCIA

  • En las relaciones de pareja hay una tendencia a la posesividad que puede estar más relacionada con una dependencia afectiva que con el amor. No siempre es fácil establecer la frontera entre uno y otro. Aunque cierto grado de dependencia casi siempre es necesario

Finales de julio. Nuestra pareja se ha marchado de vacaciones con un par de amigos de toda la vida, y nosotros aquí, en la ciudad, por el trabajo; hay que conservarlo. Pero el estómago no está fino, duele, se está haciendo un nudo, y a medida que transcurren los días cada vez se está más pendiente de que él o ella llame al teléfono o al menos envíe un mensaje o un whatsapp o una nota por Facebook… Algo, lo que sea. El malestar aumenta, surge rabia disimulada y por la mente pasan mil pensamientos de posibles escenarios. No hay quien lo frene. Irrumpe la obsesión. ¿Es esto un amor dependiente? ¿Cuál es la frontera que marca la diferencia entre amar y depender? ¿Puede prevenirse? ¿Se trata de una enfermedad?

El hecho de que millones de personas en el mundo sean víctimas de relaciones amorosas inadecuadas, no significa que sea una enfermedad, apunta el psicólogo Walter Riso. Pero el miedo a la pérdida, al abandono y a muchos otros aspectos hace vivir el amor de forma insegura, produce heridas que requieren cicatrizar. Y no parece que haya herramienta que sea capaz de neutralizar lo que, en muchas ocasiones, se nombra como mal de amores.

Por otra parte hay quienes loasocian al mundo de las adicciones. Y se identifica esta dependencia como adicción afectiva, algo así como un apego amoroso elevado a la categoría de amor obsesivo, que se dispara y nada parece detenerlo. Ni el sentido común, ni la farmacoterapia ni médiums ni regresiones, explica Walter Riso. “Ni magia ni terapia. La adicción afectiva es el peor de los vicios”. Este experto señala que, además, esta adicción se agrava porque no hay campañas de prevención, ni tratamientos sistematizados contra el mal de amor. “No deja de ser una adicción afectiva con todos los problemas que acarrea cualquier adicción”.

Le puede pasar a cualquiera Según los expertos no es necesario tener un trastorno patológico o un perfil psicológico determinado para crear relaciones de dependencia, aunque también es cierto que hay personas con una predisposición casi patológica a la dependencia, rayana en un trastorno de personalidad, como asegura Manuel Villegas, psicólogo y director del máster en Terapia Sexual y de Pareja en la Universitat de Barcelona. Este experto añade que cualquier persona es susceptible de pasar por relaciones de dependencia. “Puede atrapar tanto a personas con predisposición específica como a personas carentes de ella”. Es como si la relación que se establece entre dos personas cobrara vida por sí misma, como si fuera un ente que se alimenta según la relación que se establece entre dos personas.

Cada relación es distintas aunque los protagonistas sean los mismos. “Estos explicaría por qué ciertas personas pueden desarrollar una dependencia en una relación dada y no hacerlo en una anterior o una posterior, así como aprender de los errores y evolucionar en la concepción de la pareja, mientras que otros parecen condenados a repetir el mismo esquema con independencia de sus parejas. En este sentido se puede entender que la dependencia muchas veces se gesta sólo en el seno de una relación específica”.

La biología predispone La biología no condena pero tampoco ayuda. La dependencia está asociada a la adicción. Y la adicción tiene un fuerte componente hormonal. “A la fase inicial del enamoramiento le sigue la de la constitución de la pareja, en la que se desencadena un mecanismo casi adictivo en el que se hallan involucrados nuestros opiáceos endógenos como la encefalina y las endorfinas que se liberan cada vez que sentimos placer, satisfacción y bienestar”, explica Manuel Villegas. Este experto concluye que esos mecanismos de refuerzo hedonista pueden disponer fácilmente al desarrollo de una dependencia afectiva, “como ponen de manifiesto la experiencia ansiosa de privación y los intentos de recuperación desesperada cuando se produce una ruptura o cese de la relación”.

Es una cuestión de hormonas, aunque tampoco se tiene que sucumbir a ellas, pero parece que ablanda cualquier estructura. Cuando las hormonas se han montado en las montañas rusas, la propia identidad se diluye. “Se aproximan a la relación amorosa con una actitud acomodaticia o dimisionaria de sí mismas, hasta el extremo de confundir la posición sumisa o dependiente con una demostración o prueba de amor verdadero”. Este experto comenta que no deja de haber una concepción romántica del amor, en el que uno mismo se anula y abre la puerta a la dependencia. En este concepción también entra en juego qué favorece la sociedad.

Presión social También existe una presión social sobre lo que debería ser la relación de pareja, y las expectativas de cada uno. Emma Ribas, psicóloga y experta en terapia de pareja, explica que todavía pesa la idea de la media naranja o alma gemela. Todavía pesa el papel de la mujer cuidadora convertida en persona sumisa. En las relaciones de dependencia con un fuerte componente de sumisión, sobre todo encarnado por las mujeres, aunque actualmente los papeles también se intercambian, como también explica Manuel Villegas. “Tradicionalmente se ha atribuido a la mujer una mayor valoración del vínculo y, en consecuencia, una mayor adaptabilidad a la posición sumisa. Pero las necesidades que cubrir actualmente en la sociedad occidental son tales que la supeditación a la pareja no constituye patrimonio exclusivo de ningún género. La actual crisis y redefinición de papeles en la pareja facilita la eclosión de conflictos en su seno que, con frecuencia, estallan de forma incontenible, poniendo al descubierto esquemas disfuncionales de origen cultural o personal, que en casos extremos están dando lugar a una escalada de maltrato físico y muerte violenta”.

Emma Ribas señala que todavía persisten unos mitos relacionados con la pareja que potencian esta dependencia. “A nivel de imaginario colectivo todavía se sueña con encontrar el alma gemela o la media naranja, como quiera llamársele. O la idea del amor incondicional y de que el amor es sacrificio. Si prefiere decirlo de otra manera, también se sueña con el amor excluyente y posesivo, o el de quien bien te quiere te hará llorar. O conmigo mi pareja cambiará. Hay muchas creencias entorno a las relaciones de pareja. Y estas creencias fomentan unas ideas que llevan a la confusión y, al final, crean más inseguridad que otra cosa”. Es necesario revisarse a sí mismo mil veces para desmontar este tipo de creencias. Todo ello convierte la relación en un campo de ensayo para la madurez emocional. La cuestión es cómo detectar cuando este ensayo se va convirtiendo en una relación más destructiva que constructiva.

Cómo detectarlo El primer problema es detectar esa dependencia. ¿Cómo darse cuenta uno mismo? “Que los demás adviertan de esa deriva hacia la dependencia no sirve a quien la sufre, no vale, no se quiere oír”, explica Esther López, psicoanalista. Y no es tan fácil darse cuenta uno mismo por sí solo. Se mezclan varios factores y la frontera no siempre está clara excepto en casos extremos. Emma Ribas comenta que generalmente uno no se da cuenta hasta que sufre las consecuencias de su dependencia hacia la pareja. “La persona acude a una terapia cuando su pareja está a punto de dejarlo o lo acaba de dejar. Es la fase de pánico. Es la manifestación del apego ansioso de lo que se va a perder. En el fondo todo son miedos”.

Miedo a no ser querido, miedo al abandono, necesidad de controlar todo lo que hace la pareja, sentirse traicionado si la pareja se toma o reclama sus propios espacios, sus tiempos, idealización de la pareja porque es casi perfecta. Esto se traduce en la necesidad de contacto permanente con la pareja, ya sea físicamente o por móvil o WhatsApp. Pone la relación de pareja siempre por delante de los amigos, la familia, las aficiones… “Obsesión, celos, ansiedad, control de lo que hace el otro, chantaje emocional, exclusividad. Todo ellos son pistas para detectar que hay una tendencia a la dependencia”, sintetiza Emma Ribas. Pero hay varios tipos de dependencia.

Tipologías Maria Mercè Conangla, psicóloga, de la Fundació Àmbit, explica que las relaciones de dependencia no dejan de ser relaciones mercantilistas. “El otro se convierte en un medio en lugar de ser un fin por sí mismo”. Esta experta, coautora con Jaume Soler de Juntos pero no atados (Amat), añade que se busca en la otra persona aquello que nos falta en lugar de hacer un trabajo interno para conseguirlo. Para Manuel Villegas, la dependencia es, a veces, puramente funcional “según el grado de asimetría o de compensación complementaria que implique en la economía, la gestión doméstica, la vida social; mientras que en otras ocasiones puede llegar a ser compensatoria, como en el caso de relaciones de dependencia ocasionadas por déficits provenientes de diversas patologías o carencias en uno de los miembros de la pareja”.

Según este experto, el problema es que con frecuencia “la pareja vive tal dependencia de modo satisfactorio y, al menos durante un largo periodo de tiempo, no parece constituir un problema relacional grave. El daño puede llegar a ser significativo, sin embargo, si cambian las condiciones en la relación de pareja por abandono, ruptura, enfermedad o muerte o si simplemente deja de compensar la modalidad relacional establecida”.

Walter Riso prefiere hablar de distintos apegos para discernir qué tipo de dependencia afectiva se da. Brevemente distingue cinco apegos: apego a la seguridad, alimentado por el miedo a la desprotección; el apego a la estabilidad, sustentado por el miedo al abandono; el apego a las manifestaciones de afecto, causado por la baja autoestima; el apego al reconocimiento, por el temor al desprecio, y el apego al placer de toda buena relación, que Riso considera en este caso positivo, una dependencia necesaria de toda relación y que más adelante tratamos. En el resto de los casos se trata de miedos que distorsionan el bienestar.

Sin miedos No es fácil deshacerse de los miedos, pero Maria Mercè Conangla propone construir un espacio de relación donde cada persona pueda continuar siendo ella misma a la vez que trabaja para conseguir un espacio de pareja conjunto. “Hay que estar con los brazos abiertos para dejar que el amor venga y se vaya a voluntad, libremente, porque, de todas maneras, esto hará”.

Esta experta sugiere que sería necesario llegar al punto de poder decir a la otra persona: “Puedo vivir sin ti, mi vida está plena, tiene sentido y me siento bien conmigo misma. Aun así escojo libremente amarte y crecer contigo, juntos, pero no atados”. Es un principio de realismo afectivo, autorrespeto y autocontrol, clave para desligarse de los amores dependientes. Walter Riso propone hacerse cargo de uno mismo, explorar y asumir el sentido de vida. Emma Ribas comenta que se trata de no perder la propia identidad. “Lo sano es que la relación de pareja se vaya construyendo, que haya respeto y que sea uno mismo quien se respeta, cosa que depende de cada persona”. Aun con todo, hay una dependencia necesaria.

Dependencia necesaria “Las personas no se necesitan como antes, sino de otra manera”, señala Manuel Villegas. El desapego no es indiferencia. Tener deseo no significa ser dependiente. Aunque sea imperfectamente, querer se quiere. “Para que una relación vaya progresando, para que sea sana, algún grado de dependencia tienen que haber. Es lo que genera el vínculo. Para que se produzca tiene que haber cierto grado de dependencia, de querer, de deseo, pero hay que saber permitir que la propia relación respire. Momentos de introspección, momentos de diálogo”, señala Esther López. De alguna manera todos somos dependientes. Tal vez el reto consiste en admitir esa dependencia universal de todos con todos, y aún así crear un espacio autónomo interno. Desde esta autonomía interna, y, si realmente ama a su pareja, al menos alégrese de que haya podido marchar de vacaciones, finaliza Emma Ribas. Sin duda es la prueba del algodón para los demonios internos.

  La Vanguardia.

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