¿Puedes imaginar un placer tan intenso que estarías dispuesto a renunciar a todo? ¿Renunciar a tu familia, amigos, a tu salud, tu libertad solo para experimentarlo temporalmente?

Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, nos explica por qué nuestros cerebros se vuelven adictos.

Llega un momento, en la adicción, que desaparece el placer, sin embargo el adicto no puede dejarlo, siente que pierde el control sobre el propio comportamiento.

Hay muchas sustancias y actitudes (como los comportamientos de riesgo controlado, vivir una infidelidad…) que producen adicción al aumentar los niveles de dopamina en el cerebro sin embargo ¿qué pasa entre la transición de poder disfrutar ocasionalmente y la administración o acción compulsiva por la adicción?

Gracias a las nuevas tecnologías que permiten mostrar imágenes del cerebro humano vivo, se ha comparado la función y la bioquímica del cerebro de una persona con adicción con una persona sin adicción.

El resultado de dichas observaciones es que en el cerebro de los adictos tienen una reducción en los niveles de receptores de dopamina d2 que regulan la función de las áreas frontales de nuestro cerebro.

Estos receptores son las que nos permiten ejercer un autocontrol, sin ellos es muy difícil frenar el consumo o adicción. Este dato nos proporciona una explicación sobre por qué una persona es más vulnerable que otra.

¿Por qué nuestros cerebros se vuelven adictos?

Los cerebros están formados por multitud de cables preparados para responder a las recompensas. Estas recompensas placenteras son las que nos motivan para la acción. Es una solución brillante para garantizar un comportamiento hacia aquellas actitudes que son indispensables para nuestra supervivencia y en consecuencia de la especie.

Después de todo sin la recompensa que recibimos al comer o al mantener relaciones sexuales ni comeríamos ni nos procrearíamos.

La responsable de ello es la química de la dopamina que no tan solo premia a nuestro cerebro, sino que aumenta los estímulos condicionados, los que nos incentivan a buscar lo que nos va a resultar “compensado”, asegurando de esta manera que entraremos en acción.

Nora Volkow afirma que somos capaces de resistir a ese impulso, por ejemplo, de comer, pero no siempre nos va a resultar fácil, volviendo al ejemplo de la comida, cuando hemos decidido no comer más y fallamos y caemos a la “tentación”, aparece la culpabilidad, esta culpabilidad nos debilita nos hace vulnerables siendo más fácil perder nuestra determinación.

El cerebro entra en un estado de “privación” y se revela.

Esta privación se transforma en la prioridad principal de nuestra mente, nos volvemos despistados, perdemos la atención, estamos enfocados en encontrar aquello que ha de recompensarnos.
Cuando estamos satisfechos, esta prioridad desaparece, deja de ser gratificante para el cerebro. Pero la administración repetida y frecuente progresivamente conduce a una pérdida de receptores de dopamina d2 que compromete nuestra capacidad de controlar los impulsos, cada vez más fuertes. Sería el síndrome de abstinencia.

¿Te imaginas lo que debe ser querer dejar de hacer algo y no poder parar de hacerlo y lo intentas y fallas y lo intentas de nuevo y fallas de nuevo y de nuevo?

Cuesta romper con este círculo, pero se puede, The National Institute of Drug Abuse y la Sociedad de Psicología Clínica concluye que el tratamiento psicológico es un aspecto nuclear en el tratamiento de la adicción y, que en base a la información que disponemos en la actualidad y salvando algunas excepciones, la terapia cognitivo-conductual es un importante soporte para crear cambios en el comportamiento adictivo.

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