DEPENDENCIA EMOCIONAL Y RELACIONES TÓXICAS – codependencia

¿Hay alguien a quien no le guste que le amen?
¿Alguien que huya del amor?

Probablemente, no.
Por definición, a los seres humanos nos place notar que nos quieren, pues nos aumenta la autoestima, nos da seguridad y nos hace sentirnos en armonía con nosotros mismos y con el mundo.

Un extremo por exceso o por defecto de amor puede producir dolor.

Uno de dichos extremos conduce a la dependencia emocional, capaz de convertir con rapidez una relación amorosa en un vínculo tóxico.

Dependencia emocional – Codependencia

Cuando hablo de dependencia emocional me refiero a un grado muy elevado, porque, quien más quien menos, todo el mundo depende un poco de los demás; de no ser así, no existirían las relaciones afectivas ni sociales. Pero se trata de un grado de dependencia saludable. La dependencia emocional negativa implica adicción.

Puede identificarse la dependencia emocional

Cuando una persona está continuamente pendiente de la otra, hasta el punto de que llega a anularse a sí misma. Esta actitud acaba creando un vínculo adictivo, una forma de amar nada sana.
La dependencia emocional es síntoma de una serie de carencias propias, tales como baja autoestima, incapacidad de vivir solo/a, secuelas de traumáticos vínculos afectivos anteriores, inseguridad, temor… Todo ello conduce a una enfermiza necesidad de controlar al otro, manteniéndole en una metafórica jaula afectiva.

¿Cómo reacciona ante ello la mitad de la pareja no dependiente?

Lo habitual es que, o bien siga manteniendo los lazos con la pareja, dispuesto/a a soportar cualquier cosa, o bien se sienta ahogado/a y corte la relación.

Para mantener la buena salud de nuestra relación debemos tener siempre (y esto es innegociable):

  •  Una faceta de nuestra vida para poder estar solos.
  •  Otra en común con la pareja.
  •  Una más para compartir con las amistades y las relaciones sociales.

 

MÁS DE LO MISMO, PERO (CASI SEGURO) DE PEOR CALIDAD

Al tratar con la pareja, pueden emerger ideas anidadas en lo más profundo de nuestra mente: reflejos de algo vivido durante la niñez o la adolescencia, o incluso después, que tienen tendencia a repetirse, creando patrones de conducta.
Si se trata de ecos positivos no hay ningún problema; pero pueden ser lo contrario.
Y como son inconscientes, influyen en la relación de pareja de forma negativa.

El caso de Isabel y Félix

Desde hacía tiempo, Isabel intuía que algo sucedía. Cuando le preguntaba a Félix qué pasaba, él le contestaba seca y airadamente, sin pizca de amor ni de la preocupación lógica ante el desasosiego de ella.

Un día, Isabel dio con la clave del asunto: mientras ella se dedicaba a acostar a los niños, Félix se conectaba su ordenador y mantenía sexo virtual con otra mujer a través de la webcam.

A Isabel se le cayó el mundo encima ante esa manifiesta infidelidad.

Buscando una solución al problema, Isabel decidió asistir a terapia.
Tenía que saber si Félix era un adicto al sexo y cómo podía ella salir de su espiral de sufrimiento y lágrimas.

De mala gana, y manteniendo una actitud completamente pasiva, Félix la acompañó.

Para empezar, yo tenía que esclarecer si ambos mantenían espacios propios, a lo que él replicó:

“No los necesitamos”.

Isabel solo asentía con la cabeza sin apenas intervenir; pero la Caja de Pandora no tardó en abrirse.

Resultó que, aparte de la mujer de la webcam, Félix había tenido un sinfín de amantes en sus veinte años de matrimonio.
Isabel no lo veía, o más bien, no quería verlo, basándose en el hecho de que, cuando estaban juntos, su marido la trataba bien.
En realidad, Félix menospreciaba a Isabel y la tenía completamente anulada.
Cuando la verdad apareció ante los ojos de Isabel, decidió separarse de Félix, preguntándose una y otra vez, entre sollozos:

“¿Cómo no me di cuenta antes?”

Tras esto, Isabel quedó muy debilitada anímicamente, de forma que siguió asistiendo a terapia.
La ruptura con Félix fue solo la punta del iceberg, y lo que vendría después sería tanto, o más, doloroso: un auténtico tormento de recuerdos de los que Isabel debía deshacerse para poder seguir adelante.

Félix era un maltratador, pero el padre de Isabel era un esquizofrénico que aterrorizaba a su madre, llevado por una paranoia de celos y posesión.
Su madre tenía tanto miedo que incluso llegó a dormir con un cuchillo bajo la almohada.
Al final, la madre de Isabel huyó con sus hijos, para salvaguardar su vida y las de sus niños.
Isabel, de pequeña, vivió ese intenso maltrato como si fuera algo normal.
Por ello, cuando comparaba el comportamiento de Félix con el de su padre, lo consideraba incluso amable.

El caso de Félix también tenía sus antecedentes, su explicación a la infidelidad que practicaba con toda naturalidad.
El abuelo y el padre de Félix frecuentaban prostíbulos asiduamente y, aunque la familia lo sabía, todos cerraban los ojos.
Ambos coleccionaban revistas e imágenes pornográficas y maltrataban habitualmente a sus respectivas parejas.
Félix repetía lo que había vivido en su casa de pequeño, profundamente implantado en su carácter.

Isabel en todas sus relaciones anteriores, había repetido el mismo patrón: todos eran maltratadores.
La terapia consiguió abrirle los ojos y en soledad, empezó a rehacer su vida con los pedacitos que habían quedado, llenando los vacíos con el autoconocimiento.

Se trata de un proceso largo que requiere una gran voluntad, pero se sale adelante siendo consciente de que solamente uno puede hacer que todo cambie.
Que mejore.

Cambiar los patrones que interiorizados

Como en el caso comentado, cabe preguntarse si se pueden cambiar los patrones que tenemos interiorizados para elegir nuevas opciones en las relaciones de pareja. La respuesta es sí.

Hay herramientas que pueden ayudarnos a identificar comportamientos que se repiten a nivel familiar.
Superponiendo ambos podemos hallar respuestas a preguntas.

Es preciso saber ver las conductas que se repiten y comprender por qué se repiten, a qué personas afectan, cómo se ven involucradas y de qué forma reaccionan.

Si se sigue haciendo lo mismo nada cambiará;
un resultado distinto requiere emprender una acción distinta.

Todo ello supone un esfuerzo de apertura de la mente para, a partir de la herida, poner los paños calientes que sean precisos; porque las heridas sanan, y las penas ocasionadas por el amor, también.

 

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