El órgano erótico por excelencia, nuestro cerebro

Todo lo que vemos, todo lo que sentimos, lo que pensamos, soñamos o hacemos pasa por nuestro cerebro.

De forma más o menos consciente, este órgano nervioso alojado en el interior de nuestro cráneo, que ocupa poco más de un litro, se ocupa de todo lo que nos concierne y nos define a la postre como humanos.

El cerebro es un órgano poderoso.

Nos permite ser conscientes de nosotros mismos, de nuestro entorno y, lo que no deja de ser sorprendente, nos permite el lenguaje, la lógica y la imaginación.

En este complejo tejido neuronal se conforma todo el mundo en el que vivimos y con el que actuamos. También se ocupa, cómo no, del sexo.

Como es natural, tanto en una relación sexual ocasional como en otra surgida en el seno de una larga relación de pareja, tenemos tendencia a fijar nuestra atención en nuestros órganos sexuales, y en los de nuestra pareja.

El coito, más allá de algo puramente fisiológico

Corremos el riesgo de convertir el coito en algo puramente fisiológico, mecánico, consistente en la excitación mutua de esos órganos hasta alcanzar un orgasmo.

Por supuesto, todo habrá pasado por nuestro cerebro, que habrá dado las órdenes pertinentes a los músculos de nuestro cuerpo, habrá activado tales o cuales mecanismos nerviosos y hormonales y habrá gestionado una serie de actos reflejos a través del sistema nervioso.

Potenciar el erotismo

Pero si nos quedamos en esto, en un acto en el que apenas interviene nuestra capacidad de pensar, imaginar o sentir, nos habremos perdido la parte más importante de esta relación, la más placentera y emocionante, la que tiene que ver con el erotismo.

Una práctica saludable y placentera del sexo va más allá de una o varias posturas más o menos cómodas, no se reduce a los genitales.

Los miembros de la pareja tienen numerosos mecanismos para incitarse a una actividad sexual, para seducirse, gustarse, provocarse, simplemente para jugar.
Caricias, besos, abrazos, pero también palabras, gestos o insinuaciones incitan el deseo de ambos y son el preámbulo de un sexo más completo y emocionante.

Es ahora cuando el órgano pensante que es nuestro cerebro se descubrirá como el órgano sexual más poderoso de nuestro cuerpo.
A través de la recreación, la imaginación y el lenguaje, incitaremos al otro miembro de la pareja, pero también nos incitaremos a nosotros mismos y nuestra disposición a dar y buscar placer será máxima.

Factores ligados al erotismo

Lo erótico depende de muchos factores: la personalidad, la educación o los gustos y preferencias de cada uno.
Aquello que excita a uno puede resultar indiferente al otro, pero la búsqueda es compartida y los descubrimientos que se hagan durante la misma, también.
Compartir esta búsqueda y participar en el juego nos permite conocer tanto nuestro cuerpo como el cuerpo de quien compartimos esos momentos tan especiales.
Nuestra mente se centrará en aquellos estímulos que provocan o anuncian placer y se recreará en ellos. La persona que comparte esta curiosidad con nosotros también querrá participar en la búsqueda y entre ambos se iniciará una relación erótica que puede llegar a ser extremadamente satisfactoria.

El lenguaje erótico es muy amplio.

Todos nuestros sentidos participan de esas sensaciones y estímulos, pero también el lenguaje, un lenguaje que emplea la palabra, pero que va mucho más allá.
Una mirada, un gesto, una seña, manifestaciones del cariño, del deseo, de la confianza en la otra persona… Todo ello refuerza la simple sensación física o sensorial y la lleva a un nivel más alto y placentero, enriquece la experiencia compartida y la hace más deseable.

Nuestro cuerpo es como una orquesta y nuestro cerebro, su director, que hará sonar la música que más nos guste compartir.

 

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